Cada vez que me asomo a la mirada esquiva de alguien, a una timidez infranqueable, a la luz que se obstina en esconderse en quién sabe qué recovecos interiores, pienso en cuántas historias hay sin contar. Cuánta experiencia personal, dolorosa, injusta, obturada, no mediada por la palabra.
Contar una historia , nuestra historia, nos permite alumbrarla. Eso mismo, darla a luz. De otra manera, no es nuestra historia, nos volvemos presos de ese hecho, de esa concatenación de acontecimientos que nos enmudeció de alguna manera.
¿Tenés historias sin contar? Buscate alguien, o quizás sólo un papel, o el mar, o la montaña como oyentes. Emancipar la propia vida tiene que ver con la certera posibilidad de decir-nos.
(reeditada de lapachos)
Me dijeron