Se observa el horizonte, porque no hay nada más amargo y vacío que lo conocido. No obstante, a la energía que nos lanza hacia los bordes, se contrapone una fuerza más vigorosa, la fuerza de lo cotidiano, de lo habitual. Al movimiento de marchar se opone la inercia de quedarnos, al anhelo de lo imprevisto, la seguridad de lo sabido, a lo salvaje, lo doméstico. Cuando un hombre piensa en partir, la sociedad lo incita a detenerse, a quedarse. El hombre desea el cambio, la metamorfosis, pero la ciudad desea el orden, la permanencia.
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